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Carmen tornero


Misterio en Valle Verde



Todos los años regreso al lugar donde compartí con mi familia de origen las vacaciones de verano, la quinta donde vivía nuestra abuela en el Valle del Elqui. Ella nació y vivió allí gran parte de su vida, salvo algunos meses que lo abandonó para estudiar. Era profesora normalista, y enseñaba en la escuela de Paihuano. La señorita Alicia, personaje querido y muy bien evaluado en su profesión, como lo demostraron generaciones que llegaron a tener un alto grado de educación en su adultez, por la estupenda formación que recibieron cuando jóvenes.


Ella, dueña de una estampa poco común, se distinguía por su estatura y la sobria elegancia con que vestía, pantalón verde, con delgadas listas doradas que apenas se notaban, solo para dar un pequeño brillo, bajo una túnica india, en degradé al tono que enrollaba en su cuerpo esbelto, asemejando un sari. Un comerciante de Vicuña que viajaba al sudeste asiático a traer su mercadería, siempre incluía una tenida para ella. Lucía impecable con su pelo recogido en un moño tirante en la nuca, que hacía ver su pelo gris, en extremo brillante.


Tengo en mi memoria haber visto cómo niños y niñas de distintas edades la rodeaban en el patio de la escuela, mientras la señorita Alicia se sentaba bajo un frondoso pimiento en un banco de tronco viejo, cuidado con esmero por el señor Menares, pincelado con un translúcido barniz, operación que hacía una vez al año, mientras los alumnos estaban de vacaciones.


Nosotros, sus nietos, fascinados al poder colarnos por los pasillos de la única escuela del sector, y ver como nuestra abuela, joven aún, impartía sus clases y actividades de manera poco común. Mucho canto, mucha poesía, música de todo tipo, sobre todo juvenil, esa que le gustaba a los adolescentes de la época, nada parecido a lo que nosotros vivíamos en nuestros colegios en Santiago, donde nuestro año escolar pasaba entre cuatro paredes, pequeños patios para el recreo y materias establecidas por años por la autoridad educacional. Para nosotros siempre fue increíble ver cómo esos niños aprendían en forma relajada y entretenida sus materias con la señorita Alicia, porque la abuela era señorita, nunca se casó con el abuelo, siempre hizo despliegue de su seguridad, de sus capacidades como maestra y como mujer.


Tenía una voz preciosa, tocaba guitarra con talento y movía su cuerpo con tal soltura y belleza, como si hubiera pasado por una escuela de ballet.

Los alumnos la querían mucho, varios habían entablado un vínculo de cariño con ella, de mucha dependencia, sobre todo, los más vulnerables que sentían su protección y contención en directa proporción a sus carencias, producto de malos tratos y abandono en sus hogares. No en vano, algunos padres la acusaron de promover el desorden y la rebeldía de sus hijos, llevándola a tribunales de familia, teniendo que comparecer ella en defensa de sus alumnos y de sí misma.


El abuelo fue el peor detractor de la abuela, hombre machista, con buen dinero, pero poco letrado, bastante ignorante, siempre impuso sus reglas y su autoridad en el hogar, era de la ralea que conocemos como “arribistoide” (mucho dinero, poca educación) ella tenía cinco meses de embarazo de mi madre, que es la menor de tres hermanos. Este hombre fue maltratador, como no pudo someter a su mujer y familia, abandonó la casa cuando supo del embarazo de mi madre; dejarla sin dinero fue su forma de manipularla, su arma de poder.

Han pasado los años y hoy me siento bajo el parrón, a compartir algunas copas de vino del valle con mi tío Rafael, el mayor de sus tres hijos y el único varón, él decidió quedarse a vivir en la quinta del Elqui que hoy ostenta el nombre de mi abuela. Mi madre y su hermana, emigraron a estudiar a la Universidad a la capital, sólo vienen con sus hijos de vez en cuando en el verano.


Yo en cambio, de adulto, vuelvo cada año a este lugar, algo de misterio me atrae en el recuerdo de la abuela y de la cariñosa acogida de mi tío Rafael.

Esta vez nos internamos con profundidad en la conversación, mientras las estrellas de ese maravilloso cielo empezaban a cubrir nuestro atardecer, tan luminoso que hasta muy tarde no necesitamos luz complementaria; no por nada el observatorio de Mamalluca es tan famoso en el mundo, y se encuentra en el corazón del Valle; las cenizas de nuestros cigarros iluminaron en forma intermitente nuestros rostros y cada inspiración del reconfortante humo que entraba a entibiar nuestros pulmones, se mezclaba con los sorbos de muestras copas.


Nos fuimos acordando de cada minuto vivido en el funeral de la profesora más conocida y querida de Paihuano y por qué no decir, de los alrededores. Fue apoteósico, varias generaciones de alumnos presentes, homenajes con sentidos discursos, aplausos y globos blancos que se elevaron a las nubes desde el campo santo; y mientras seguíamos con nuestros recuerdos, me atreví a confesar algo indescriptible que sentí por años, un misterio que me hacía volver a la quinta de la abuela: Rafael me producía una sensación muy extraña, pero amable, tal vez algo intuía mi corazón que estaba grabada en nuestra constelación familiar.


Él, mi tío Rafael, se acomodó en el sillón de mimbre que él mismo tejió con sus manos, vestido con plumones hechos por las manos de su madre, y poniendo su mano sobre su barbilla sin afeitar, hizo una pausa larga, como se hace en los rituales religiosos, y tomando mi mano izquierda que era la más cercana a él, dijo: - ¿te acuerdas sobrino cuando tú y tu primos venían de vacaciones?– pues bien, a tu madre y a tu tía no les gustaba la visita de ese joven alumno de mi madre, egresado de las primeras generaciones, mucho menor que ella y que era juez en Vicuña, un joven muy bien parecido. Él trataba a tu abuela Alicia con gran fineza. Don Rafael Navarro afirmé. Si, se quedaba a tomar el té y a veces a compartir la cena… Si pues, claro que me acuerdo. Bueno, fue el amor de su vida… y yo… soy su hijo.







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