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UN CRUJIDO EN LA CALLE

Actualizado: 1 mar 2022

El aire se había cortado en sus pulmones, y sintió algo crujir de un modo antinatural; todo lo que había pasado para llegar hasta ese punto había sido un camino de zig-zag, un laberinto del que nunca pudo prever la salida.

Se quedó ahí, ahogándose en la vulnerabilidad de la consecuencia de hechos que no eran su responsabilidad. Su cabeza parecía pesar mucho, o quizás era como estar bajo el agua, cuando el aire se acababa y la emoción del juego se convertía en desesperación; pero nada de eso había sido un juego, excepto para unos pocos que no estaban ahí, que solo miraban a lo lejos. Sus ojos se fijaron casi de una forma involuntaria en un punto del suelo, y pudo captar el anaranjado tibio de una luz reflejada en la piedra. Había naranja fuego bailando alrededor, o tal vez era un velo rojo que teñía su percepción.

Se dijo que estaba bien, que podría imaginar que ese color era el espejo de una chimenea, que estaba en un hogar cálido y que le transmitía amor. Que sus ojos se podían cerrar para volver a abrirse, y no se sumergirían en el abismo insondable del olvido.

Se quedó inmóvil mientras todo se derrumbaba en su mente; sus pensamientos se quebraron en trozos inconexos, alejándose de su presente como en los bordes lejanos de su campo de visión todo se volvía borroso. La detonación aún retumbaba en sus costillas, todavía corría como una corriente por la espina dorsal, y seguía resonando en el espacio roto entre su vida y lo demás.

Supo que no podría gritar, que su voz se había trizado en un millón de astillas, que el viento revolvió y dispersó para siempre, como dispersaba humo y grandes voces, promesas y recuerdos grabados en palabra. No supo por qué, pero no tuvo miedo, o al menos no fue el miedo que conocía; un sentimiento extraño estaba flotando en el vapor de su queda respiración, no era frustrante ni congelaba, y aunque no se podía mover, se sintió en una libertad desconocida, algo que era impalpable, pero mucho más real que otras cosas.

Y se permitió ser egoísta, porque no pudo ni supo escuchar más que su propio e irregular latido, ignorante de los gritos de horror que sin duda se habían desatado alrededor. Se repitió que estaba bien, que estaba en un lugar con una chimenea cálida y el calor de quienes quería, que no tenía por qué sufrir, que cuando abriera los ojos la luz de la mañana estaría entrando por la ventana, y una voz familiar traspasando sus sueños.

No supo ni pudo más, solo supo que desde esa noche no llegaría jamás, y que en sus pupilas quedaría marcada una luz que algunos verían como miedo mudo, pero que muy pocos comprenderían en su totalidad. Que esa luz que había visto no era miedo ni soledad.





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