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Oscar Mellado Torres

Oscar Mellado Torres nació en Lautaro. Sus estudios básicos y medio los realizó en su ciudad natal. En el año 1986 obtuvo su Diplomado Bancario en el Instituto de Estudios Bancario Guillermo Subercaseaux, sede Temuco. Proviene de una familia de Bomberos. A los diecisiete años ingresó al Cuerpo de Bomberos de Lautaro, donde ejerció diferentes cargos en su Primera Compañía Bomba Guillermo Rahausen, en el año 2010 fue Superintendente del Cuerpo de Bomberos de Lautaro por tres periodos, este año 2022 recibe la medalla de Sesenta años de servicio. Ha escrito poemas, crónicas y ensayos en distintas publicaciones. Siendo hombre de números, destaca como narrador. A su haber: “Mi pueblo se fue en un tren”, su primer libro de memorias y otros asuntos, en el 2007. Le siguen “Hombre de Oficina”, en 2013. En el 2014 publica su tercera obra “Cuentos del río”. En el 2016 su novela “La lluvia eres tú”. Embajador Cultural de Lautaro, miembro de la “Sociedad de Escritores de Chile” (SECH Nacional). Integrante de agrupaciones literarias en Lautaro y Temuco, organizador de encuentros literarios internacionales. Ha participado en innumerables eventos locales, regionales e internacionales, espacio donde ha dejado su impronta de escritor, observador, que utiliza un lenguajes sencillo y cercano a sus lectores. “Libro de novedades” es su quinta publicación, son cuentos que relatan los diferentes trabajos a que son llamados los “Caballeros del Fuego” y cuyo objetivo es mostrar esta labor de servicio a la comunidad y captar a los jóvenes para que ingresen a nuestras filas.

Lidia Mansilla Valenzuela


RESCATE BAJO LA LLUVIA


Para: Juan Toledo Bahamonde

Voluntario Insigne de Chile



La lluvia se dejaba caer con bastante intensidad, quince días sin querer parar, en el campo, la mayoría de los potreros planos estaban anegados. Los lugareños temían que el agua llegara a sus viviendas. En el pueblo, las casas viejas, con sus tejas corridas por el vendaval, trataban de contener el agua para que no traspasara el entorno, mojaran el cielo raso y los muebles. Era inevitable que las continuas gotas no cayeran mojando una cama, mesa o piso, en esa situación, los enseres se cambiaban de lugar y el fluido era recibido en una olla o tiesto de lata. El mal clima parecía mantenerse, era invierno y los temporales eran los dueños del espacio.

Ese día había sido uno más, sin importancia, quizás triste por el color plomizo de las nubes que dejaban caer esa copiosa lluvia. La plaza, a metros de su casa, estaba desierta cuando la atravesó de regreso a su hogar. Los pájaros habían abandonado esos árboles que como en todos los inviernos levantaban sus brazos desnudos al cielo. Los jóvenes a quienes no les importaba el clima habían desaparecido. Sólo estaban los monumentos esculpidos en bronce, mudos, recibiendo la recia lluvia.

En su hogar, después de cenar con su señora e hijos, se sentó en su sillón de balanceo. Como era su costumbre, se disponía a leer: esta vez tenía en sus manos a Guy de Maupassant. Había tomado ese libro recordando a su profesora de francés. En clase, siempre comentaba que le gustaban las obras del escritor. Por un momento dejó el texto, le llamó la atención cómo golpeaba la lluvia con rigor en la ventana del cuarto. De pronto fijó su mirada en los vidrios. Una gota gruesa comenzó a deslizarse muy lenta. Pensó que por algún motivo su ventana lloraba gruesas lágrimas. Este sollozo le recordó sus propios llantos ¿Cómo olvidar la partida de su hermano? Meditó por un instante y comprendió que “el invierno lo ponía nostálgico”. Fue un triste accidente, treinta y uno de diciembre. Ese atardecer regresaba a su pueblo, se detuvo en un supermercado y un auto le quitó la vida. Triste recuerdo para una víspera de año nuevo. Un suspiro involuntario se le escapó y sus juegos de niños pasaron por su mente como una serie de televisión.

Tratando de olvidar este duro golpe comenzó su lectura: “El señor Saval acaba de levantarse. Llueve. Es un triste día de otoño; (cuento “Arrepentimiento” Maupassant). Reflexionó, no todos los días con lluvia son tristes. Le vino a su memoria ese día en la austral Punta Arenas, por lo fuerte del viento, no pudo abrir su paraguas. Por primera vez le había tomado la mano a esa dulce chica que lo enamoró. Con la felicidad del primer beso, no fue necesario ningún refugio, terminaron con sus ropas mojadas y con una gran risa.

Afuera el viento ululaba como el gemido de un puma herido. Los leños de la estufa ardían creando un ambiente cálido, que con el vaivén de su mecedora lo ponían somnoliento. Quiso seguir leyendo, pero un tenue sonido lo inquietó. No podía escuchar bien debido al ruido del temporal. Salió a la calle y el claro chillido de la sirena de bomberos llegó a sus oídos. Entró apresurado a su casa y rápido se vistió con su uniforme de bombero. Corrió la cuadra y media a donde estaba el cuartel. Iba muy cansado, quizás sería el último llamado que asistiría, pues era un honorario y estaba liberado de todo servicio. Por el ruido de la tempestad, muchos voluntarios no habían sentido el llamado. El estero “El Saco” se había desbordado dejando inundadas muchas viviendas. Mientras el carro bomba se disponía a salir, un buen número de sus camaradas llegó. La máquina, a pesar de estar las calles desiertas, avanzó con sus balizas y sirena funcionando. La verdad es que ante una crecida de ese volumen, el trabajo debe ser de rescate de los pobladores, ya que la extracción de agua con esa magnitud es imposible de expeler.

En el lugar, los voluntarios tenían que caminar con el agua hasta la cintura para llegar a las viviendas. En la primera casa, todo era impresionante. El jefe de hogar, un hombre de ochenta años, dormía plácido hasta que despertó al sentir el agua helada en su espalda y palpar en la oscuridad que el volumen cubría su cama. En forma instintiva quiso tomar una prenda para tapar su dorso. Todo estaba mojado. Prácticamente no tenía ningún vestuario seco. Él y otro voluntario lo sacaron en brazos a un lugar seguro. El comandante ordenó trasladarlo lo más rápido posible al hospital. Había que protegerlo de una posible pulmonía. En ese servicio de salud al menos tendría calefacción. El carro transporte abandono el lugar con prontitud accionando sus medios de paso preferencial. Un voluntario acompañaba al octogenario.

Varias familias estaban sufriendo la inundación de sus viviendas. En una casa todo estaba mal. Los alimentos flotaban. Una guagua en un canasto permanecía arriba de un estante. Estaba seca y segura. La evacuaron a la casa de sus abuelos. Dos voluntarios jóvenes llevaban en brazos a doña Zoila. Era una mujer conocida. Vendía vino en forma clandestina. Al parecer estaba bebida. Reclamaba porque sus damajuanas iban a quedar expuestas y cualquier persona se las podía robar. De vez en cuando los retaba con algunas insolencias. El agua había causado muchos estragos en ese sector.

Fue un trabajo extenuante, pero el constante movimiento y la fuerza empleada para evacuar a los siniestrados no le dejó sentir el frío a pesar de lo helado del agua.

Satisfecho del trabajo realizado, ya de regreso en su hogar, los leños de la estufa aún entregaban su calor. Se duchó y preparó una taza de té. El café no lo dejaría dormir. No tenía sueño. Tomó el libro y continuó leyendo su final: “El recuerdo lejano le torturaba el corazón.

Se sentó al pie de los árboles, desnudos ya de hojas, y lloró” (Maupassant)


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