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UN ALMUERZO EN EL DANTE

Hay un murmullo ensordecedor en la mesa vecina. La risa estrepitosa de una mujer y el grito de otra (¿de alegría?) me dificultan hasta el pensamiento!


Bebo una cerveza sin licor, no tiene el mismo sabor de la original pero, puede pasar a través de mi garganta sin que mi cuerpo sufra daños colaterales. La música estridente del negocio tampoco me permite saborear mi ensalada “César” tan apetecida!


Entonces, por qué estoy yo en ese restaurant si todo me es adverso? Muy simple, había caminado mucho buscando mi platillo favorito, estaba cansada, entonces mis pasos se detuvieron en el “Dante”.


Después de haber mal comido y mal bebido ( la cerveza estaba tibia…..) mis pasos me llevaron, por arte de magia, a la mejor gelatería de Ñuñoa, donde finalmente mis papilas gustativas se dieron un banquete con un exquisito tiramisú.

Mi jornada terminó por costumbre, en un banco de Plaza Ñuñoa, para deleitarme en la lectura de “Advertencias de uso para una máquina de coser” El libro se enfoca en un grupo de operarias que trabajan en un taller de costura. Mercedes, la protagonista, registra en un cuaderno su experiencia y la de sus compañeras de oficio.

Después de leer el texto, emerge la figura de mi padre, sastre, y el recuerdo de su Taller de Sastrería en Chile y en México.


Lo primero que me viene a la mente es la cantidad de reglas y escuadras de todo tipo, de madera, rectas y curvas, dependiendo del molde. Las ordenaba siempre de mayor a menor.

Muchos moldes de traje sastre, abrigos y faldas, ordenados por tallas. Recuerdo también una gran cantidad de tizas blancas y de colores, me encantaban esas tizas aunque mi papá nunca me permitió jugar con ellas. Estaban destinadas a dibujar el molde de una prenda en la tela que se estiraba muy bien en el mesón de trabajo, por eso tenían un trazo muy fino.

Una gran diversidad de tijeras había en el taller. Unas muy grandes y pesadas que con dificultad las podía tomar cuando era una niña.

Entonces mi mente se inundó del ambiente de un día de trabajo allí, en el lugar sagrado del trabajo de mi padre: La música inundaba el recinto, siempre tangos, la mayoría de Carlos Gardel, su ídolo. Mi padre siempre cortando algún casimir y cantando a dúo con el cantante de tangos. Lo recuerdo con una cinta de metro colgando de su cuello. Rodeado de varias costureras, un planchador y una niña que hilvanaba y deshilvanaba.

Viejito! Viviste casi cien años en esta tierra, a veces muy a gusto y otras no tanto, pero yo rescato varias cosas de ti que me enorgullecen. En los peores momentos de tu vida te parabas con optimismo, tu fuiste el precursor de eso que hoy día llaman resiliencia, También recuerdo nítidamente tu generosidad, tu famosa frase “ aquí nos arreglamos” la llevo escrita en mi frente!. Cada vez que llegaba alguien a nuestra casa pidiendo asilo, nunca demostraste algún inconveniente, tu generosidad no tenía límites!

Pero como no eras perfecto, te enamoraste de una de tus costureras, se llamaba Nury y mi madre que la odiaba porque algo intuía, una vez me hizo acompañarla al centro. Nos apostamos a la salida del taller de mi papá. Salieron los dos leyendo la cartelera de los cines. En un abrir y cerrar de ojos, los cabellos de Nury fueron a parar a las manos de mi madre, la mujer gritaba que la estaban matando! Yo era pequeña entonces, solo recuerdo que mi padre desapareció en un parpadeo! Fueron días difíciles para ambos, mi madre siempre estoica nunca se separó. Mi padre redimió sus culpas.

Cada fin de año mi padre organizaba un paseo con sus operarios a la playa o cerca de algún río. Una vez en Cartagena, dejamos a todos en la playa y salimos cuatro personas (entre ellas Nury) a comprar refrescos en un negocio cercano. Esto sucedió antes de que sus cabellos quedaran en manos de mi madre! Entonces mi padre me dio unas monedas y me pidió que colocara en el wurlitzer un tango cuya letra no he olvidado:


“Yo sé que aunque tu boca me enloquece besarla está prohibido sin perdón.

Y sé que aunque también tú me deseas, hay alguien interpuesto entre los dos”


En otra ocasión, mi padre organizó un picnic a Talagante, a orillas del rio. En esos años era un balneario muy agradable. Entonces yo tenía catorce años, fui con agrado porque me gustaba el joven planchador. El estudiaba diseño en la universidad y tenía largas pestañas que encerraban unos ojos pardos grandes y risueños. Me trataba muy cortésmente, yo hubiese querido que aflojara un poco el trato, pero yo era la hija de su jefe. Ese día en un momento de cercanía rozó mi mejilla, entonces me enamoré!

Lamentablemente el sentimiento no fue recíproco, él tenía polola. Después de tantos años no recuerdo su nombre, pero no he olvidado el brillo de sus ojos pardos.




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